martes, 28 de febrero de 2012
Trabajo para la etapa de diagnóstico
domingo, 2 de octubre de 2011
Eduardo López
La era de la incomunicación
Domingo, 15 de Febrero de 2009 - Publicado en la Edición Impresa (norte)
La escena en un resto-bar pasado el mediodía, en una jornada de este tórrido verano. Una pareja ingresa para reponer fuerzas. Ambos entre 40 y 50 años. Ordenan un frugal almuerzo y, casi mecánicamente, cada uno toma un diario, de esos que están a disposición de los clientes, y se enfrascan en su lectura, sin intercambiar palabras.
Casi al mismo tiempo ingresa al lugar otra pareja. Son jóvenes, entre 20 y 25 años. Hacen su pedido a la moza e inician, cada uno con su teléfono celular, un frenético intercambio de mensajitos de texto con interlocutores distantes.
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Promedian las vacaciones y el niño, a punto de cumplir diez años, se le queja a la madre en horas de la tarde: “Mamá estoy aburrido” y echa una mirada desdeñosa a la computadora, el televisor, el reproductor de CD, el teléfono móvil, auriculares, audífonos, controles a discreción y múltiples juegos electrónicos.
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Es la hora de la siesta. En un desvencijado carrito tirado por escuálido caballo van tres pequeños. Ninguno debe tener más de diez años. Uno de ellos, quizás el menor, pilotea el transporte, lleno de papeles y otras cosas juntadas en la calle. Otros dos acompañan. Todos ríen a carcajadas, señal de que para nada están invadidos por el tedio. Uno, con una honda, tira a los pájaros que están en los árboles que sombrean la céntrica avenida. A despecho de sus ropas pobres y sucias, de sus pies descalzos y de sus precarios juguetes, parecen vivir en el mejor de los mundos y pasarla muy bien.
Tres escenas vividas casi en simultáneo en una siesta del verano chaqueño que demuestran cómo en esta era, por antonomasia de las comunicaciones, de los adelantos tecnológicos que no tienen horizontes, los humanos estamos cada vez más incomunicados. Esa, al menos, es la sensación que se tiene cuando se ve circular por las calles o plazas o, aún manejando sus vehículos con auriculares o audífonos en los oídos, a hombres y mujeres.
Cada uno encerrado en su mundo, ocupado de tapar los escapes de las motos, las bocinas de los autos pero también negándose al cuchicheo de los pájaros, que por suerte todavía anidan en los árboles de la ciudad y de las plazas. Cada vez más medios de comunicación y cada vez más incomunicación y cada vez más trato virtual en desmedro del personal. Horas y horas de chateo, aún largas madrugadas, entre seres que no se ven, que no se escuchan (por ahora), que no se huelen, que no comparten un asado o un vaso de bebida.
¿Esto quiere decir que hay que desdeñar estos extraordinarios medios que brinda la tecnología y los que vendrán, con toda seguridad y que dejarán a todos con la boca abierta? Para nada. Los que trabajamos con la comunicación, como los periodistas, no terminamos de asombrarnos todos los días de cómo las nuevas herramientas de comunicación nos ponen al instante al mundo en nuestras manos con sólo hacer un click con el ratón. Y si esto sucede con quienes están acostumbrados al intercambio de noticias, que es de esperar de quienes no lo están.
Pasa en todos los órdenes, mientras los avances de todo tipo van por un carril donde la velocidad no tiene límites, la adecuación de los seres humanos a esos avances, apenas registran los 30 o 40 kilómetros horarios y sucede lo que inevitablemente tiene que suceder. Se malogran los efectos positivos.
¿Quién puede negar el progreso que significan los automóviles y las motocicletas, aún en el manejo de la economía familiar? Pero ni nuestras calles o rutas o nuestra trama urbana están preparadas para recibir ese aluvión de rodados, y se producen efectos no deseados, como accidentes continuos, muertes y personas que quedan mutiladas.
Imposible equilibrio
Como en todos los órdenes de la vida es imprescindible lograr equilibrio entre el uso y el abuso y eso lleva un tiempo de maduración que los seres humanos parece que no están dispuestos a transitar. Y se dan entonces esas contradicciones que muestran las escenas descriptas más arriba.
O lo que les sucede a quienes dicen tener vocación política y por ende de servicio. Creen que hacen algo, sólo cuando aparecen en los medios de comunicación, aunque no los lea, escuche o vea nadie. Se regodean en titulares, fotos, imágenes, audios sin saber si penetran o no y se convencen que hacen mucho porque aparecen en esos medios, a los que, la mayoría de las veces pagan para figurar. Y no advierten que se trata de una presencia virtual que más que comunicarlos, los incomunica con la razón de ser de su tarea, la necesidad y la calidad de vida de la gente.
Hoy los políticos han suplido el debate, la confrontación de ideas, el contacto real con los ciudadanos, el conocimiento de sus necesidades, por la realidad virtual de los medios de comunicación, que son de vital importancia, pero sólo cuando complementan la verdadera acción, esa que llega hasta a cumplir con su cometido.
A esos políticos les pasa lo que a las parejas de la escena inicial, tienen todas las herramientas en sus manos, pero viven alejados de las verdaderas realidades. Lo mismo que les pasa a nuestros hijos, cada vez con más elementos para no estar aburridos y cada más con mayor tedio. Porque falta el espíritu, ese que le da sentido a todas las cosas.
Hoy se ha perdido la valentía de decir las cosas cara a cara, de aceptar que el otro puede tener ideas y obras mejores y se reduce todo a un enfrentamiento virtual. El empeño es por buscar el necesario equilibrio entre tantos adelantos, entre tanta teoría y las mismas necesidades de siempre: las materiales de comida, salud, servicios, las del espíritu como a educación, el intercambio de ideas y de afectos, de solaz y diversión y sobre todo de una relación adulta entre los seres humanos, que lleve a compartir y comunicar esos bienes.
Si no sucede esto, los adelantos, como los de la comunicación, producirán los efectos contrarios a los que se supone que están destinados, malográndose ellos y malogrando a quienes los usan
lunes, 14 de marzo de 2011
Textos para trabajar en clases
Mila Dosso
El homo celularis o el homo technologyc
Domingo, 21 de Noviembre de 2010 - 04:00
La especie humana ha evolucionado notablemente, un verdadero salto cualitativo del homo sapiens al homo celularis y al homo technologyc, especie perteneciente a los homínidos que puede encontrarse principalmente en zonas urbanas.
En una oportunidad, en una confitería, se sentó una joven pareja, ambos muy bien vestidos y de una distinción de esas que vienen de cuna, ¿vio? Apenas transcurrieron un par de minutos, cuando un celular emitió una de esas insufribles melodías que los delatan en cines, iglesias, habitaciones, oficinas, baños, velorios, teatros, conferencias, entierros...
Ella abrió rápidamente su cartera de marca, casi en éxtasis pegó el celular a la oreja e inició, a los gritos, una charla ridícula sobre cierta fiesta, la ropa de fulana, la borrachera de mengano, el romance de “esa gorda espantosa” y otra sarta de rigurosas estupideces, en tanto el mozo trajo el pedido, lo consumieron —sin que ella se inmutara en lo más mínimo mientras el pobre idiota que la acompañaba, con la mirada vacía, masticaba como un rumiante aburrido—, pagaron (él), salieron, subieron al auto y se fueron... ella con el celular aún embutido en la oreja.
La novedad del celular incluyó comunicación directa, al instante y en cualquier sitio u ocasión, la posibilidad de realizar llamadas y la incorporación luego de funciones más complejas, convirtiéndose en puente de nuestra vida social: juegos, mensajes, fotos, radio, base de datos, agenda, Internet y hasta la posibilidad de mirar novelas. Para algunos adictivo, para otros imprescindible, lo cierto es que lejos de ser un producto más para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, en la carrera desenfrenada del consumismo ha ganado el estatus de “irreemplazable”.
Con una ventaja adicional: ya no se está aburrido o solo, el celular es nuestra mejor compañía gracias a lo variado de sus ofertas virtuales.
Muchos se preguntan, entonces, porqué todavía existe gente que no posee celular, y lo que es aun más extraño, no siente la necesidad. Frases como “hoy en día tenés que tener celular”, “pensás que no, pero es necesario y te saca de apuros”, “el ritmo de vida te va llevando”, “si no tenés celular estás afuera” (?) parecen insuficientes para convencerlos de la importancia de su uso.
Ahora bien, este mandato de necesariedad refleja una característica peculiar de la modernidad que es la de “dar por sentado”, es decir, incorporar rápidamente ciertas prácticas asumiendo su naturalidad, sobre todo y en este caso en lo que respecta a la tecnología, ya que actúa como determinante en el acceso a diferentes espacios sociales, como referente de “estatus” a partir de la capacidad económica necesaria para la adquisición del más sofisticado modelo (que se cambia cada quince días) y también como reflejo de nuestra personalidad asociando la tecnología y la destreza en su uso a juventud y habilidad de adaptación, parafraseado en el ineludible “no quedarse atrás en el modelo más top y sofisticado”.
Este dar por sentado implica al mismo tiempo una suerte de exclusión, de rechazo hacia quienes no sean poseedores, materializado por medio de gestos de sorpresa o reproche, ejerciendo una presión social e incluso moral en términos de valores dados como ciertos y únicos.
No hay opción, hay un determinismo generado por nosotros mismos que traspasa el consumo; el deseo se reemplaza por la necesidad y deviene en autoritarismo tecnológico: es el “deber tener” como imperativo categórico para el normal desenvolvimiento dentro de la sociedad.
El cambio, la lógica del mercado de consumo de “quiero” por “tengo que” anula nuestra posibilidad de discernir limitándonos a optar sólo por las variantes del producto, creando una sensación de libertad de elección inacabada, que parte de absolutos. La creencia de comunicación como sinónimo de conexión permanente se impone a todos: sólo conectados somos integrantes en la dinámica del mundo y en su devenir.
Cabe acotar que lo mismo sucede con las redes sociales: quien no tenga Faceboock o Twiter es un don nadie, un pobre excluido, un marginal.
¿Y si no quiero?
El dilema se presenta por la ruptura de este acuerdo tácito, es decir, cuando algunos no quieren ser partícipes del lazo creado por la tecnología ni están dispuestos a recibir estímulos externos las 24 horas del día.
Querer preservar la individualidad, los silencios, las distancias, el comunicarnos en el sentido estricto del término y no sólo porque estamos aburridos o en una sala de espera o tenemos “minutos libres” debería ser respetado y valorizado en vez de juzgado como “antisocial”.
La constante interacción, casi obligada, deviene en una cotidianidad que provoca la pérdida de sentido, de profundidad en la forma de relacionarnos: incorporando el celular como una extensión de nuestro propio cuerpo, aceptamos y promulgamos la interrupción de charlas y actividades, momentos importantes que pasan a segundo plano y se fraccionan, a fin de priorizar la atención del llamado o del “mensajito”; también podemos evitar estar en los mismos espacios físicos con nuestros conocidos si no nos gusta tal o cual sitio o deambulando por diferentes lugares y aun así mantener el contacto en simultáneo, menospreciando la importancia del encuentro y del compartir algo que interesa al otro, aunque a nosotros no.
Estos ejemplos son clara muestra de la falta de comunión, de compromiso, e irónicamente demuestran que, cuanto más conectados más alejados estamos, no solo de los demás, por sobre todo de nosotros mismos, aturdidos y absortos en este marasmo de impulsos que imposibilitan el tiempo necesario para reflexionar y dar respuestas que tengan sentido, que trasmitan contenido, color y calor, que dibujen los matices del alma que entregamos o expresen los motivos de aquello que repudiamos; que simplemente nos representen o mejor, nos hagan presentes.
Elegir cómo utilizar el celular y sobre todo su adquisición o no o negarse a entrar en alguna red social y “tener un millón de amigos” de ninguna manera implica querer estar incomunicados o “fuera del sistema”. Por el contrario, es ser críticos sobre la forma en quiero expresarme, relacionarme con los otros, decidir en qué momento integrarme al plano colectivo y cuándo estar solo, respetando mis tiempos, mis espacios, protegiendo mi interior. No gozar de estas posibilidades es limitar y limitarnos, anulando la variedad de formas y elementos disponibles para expresarnos juntamente con la riqueza propia del mensaje
La cantante Calva de Eugéne Ionesco
ESCENA I
Interior burgués inglés, con sillones ingleses. Velada inglesa. El señor SMITH, inglés, en su sillón y con sus zapatillas inglesas, fuma su pipa inglesa y lee un diario inglés, junto a una chimenea inglesa. Tiene anteojos ingleses y un bigotito gris inglés. A su lado, en otro sillón inglés, la señora SMITH, inglesa, remienda unos calcetines ingleses. Un largo momento de silencio inglés. El reloj de chimenea inglés hace oír diecisiete toques ingleses.
SRA. SMITH:
– ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino, y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– Las patatas están muy bien con tocino, y el aceite de la ensalada no estaba rancio. El aceite del almacenero de la esquina es de mucho mejor calidad que el aceite del almacenero de enfrente, y también mejor que el aceite del almacenero del final de la cuesta. Pero con ello no quiero decir que el aceite de aquéllos sea malo.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– Sin embargo, el aceite del almacenero de la esquina sigue siendo el mejor.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– Esta vez Mary ha cocido bien las patatas. La vez anterior no las había cocido bien. A mí no me gustan sino cuando están bien cocidas.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– El pescado era fresco. Me he chupado los dedos. Lo he repetido dos veces. No, tres veces. Eso me hace ir al retrete. Tú también has comido tres raciones. Sin embargo, la tercera vez has tomado menos que las dos primeras, en tanto que yo he tomado mucho más. Esta noche he comido mejor que tú. ¿Cómo es eso? Ordinariamente eres tú quien come más. No es el apetito lo que te falta.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– No obstante, la sopa estaba quizás un poco demasiado salada. Tenía más sal que tú. ¡Ja, ja! Tenía también demasiados puerros y no las cebollas suficientes. Lamento no haberle aconsejado a Mary que le añadiera un poco de anís estrellado. La próxima vez me ocuparé de ello.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– Nuestro rapazuelo habría querido beber cerveza, le gustaría beberla a grandes tragos, pues se te parece. ¿Has visto cómo en la mesa tenía la vista fija en la botella? Pero yo vertí en su vaso agua de la garrafa. Tenía sed y la bebió. Elena se parece a mí: es buena mujer de su casa, económica, y toca el piano. Nunca pide de beber cerveza inglesa. Es como nuestra hijita, que sólo bebe leche y no come más que gachas. Se ve que sólo tiene dos años. Se llama Peggy. La tarta de membrillo y de fríjoles estaba formidable. Tal vez habría estado bien beber, en el postre, un vasito de vino de Borgoña australiano, pero no he llevado el vino a la mesa para no dar a los niños un mal ejemplo de gula. Hay que enseñarles a ser sobrios y mesurados en la vida.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– La señora Parker conoce un almacenero rumano, llamado Popesco Rosenfeld, que acaba de llegar de Constantinopla. Es un gran especialista en yogurt. Posee diploma de la escuela de fabricantes de yogurt de Andrinópolis. Mañana iré a comprarle una gran olla de yogurt rumano folklórico. No hay con frecuencia cosas como ésa aquí, en los alrededores de Londres.
SR. SMITH: (continuando su lectura, chasquea la lengua).
SRA. SMITH:
– El yogurt es excelente para el estómago, los riñones, el apéndice y la apoteosis. Eso es lo que me dijo el doctor Mackenzie-King, que atiende a los niños de nuestros vecinos, los Johns. Es un buen médico. Se puede tener confianza en él. Nunca recomienda más medicamentos que los que ha experimentado él mismo. Antes de operar a Parker se hizo operar el hígado sin estar enfermo.
Umberto Eco Signo
Supongamos que el señor Sigma, en el curso de un viaje a París, empieza a sentir molestias en el «vientre». Utilizo un término genérico, porque el señor Sigma por el momento tiene una sensación confusa. Se concentra e intenta definir la molestia: ¿ardor de estómago?, ¿espasmos?, ¿dolores viscerales? Intenta dar nombre a estos estímulos imprecisos: y al darles un nombre los centraliza, es decir, encuadra lo que era un fenómeno natural en tinas rúbricas precisas y «codificadas»; o sea que intenta dar a una experiencia personal propia una calificación que la haga similar a otras experiencias ya expresadas en los libros de medicina (...). Por fin descubre la palabra que le parece adecuada: esta palabra vale por la molestia que siente. Y dado que quiere comunicar sus molestias a un médico, sabe que podrá utilizar la palabra (que el médico está en condiciones de entender), en vez de la molestia (que el médico no siente y que quizás no ha sentido nunca en su vida). (...)
El señor Sigma decide pedir hora a un médico. Consulta la guía telefónica de París; unos signos precisos le indicarán quiénes son médicos, y cómo llegar hasta ellos. (...)
(...) Sigma marca el número: un nuevo sonido le dice que el número está libre. Y finalmente oye tina voz: esta voz habla en francés que no es la lengua de Sigma. Para pedir hora (y también después, cuando explique al médico lo que siente) ha de pasar de un código al otro, y traducir en francés lo que ha pensado en italiano. El médico le da la hora y una dirección. La dirección es un signo que se refiere a una 1osición precisa de la ciudad, a un piso preciso de un edificio, a una puerta precisa de ese piso; la cita se regula por la posibilidad, por parte de ambos, de hacer referencia a un sistema de signos de uso universal, que es el reloj.
Vienen después diversas operaciones que Sigma ha de realizar para reconocer un taxi como tal, los signos que ha de comunicar al taxista; cuenta también la manera como el taxista interpreta las señales de tráfico, direcciones prohibidas, semáforos (.) y están también las operaciones que ha de realizar Sigma para reconocer el ascensor del inmueble, identificar el pulsador correspondiente al piso, apretarlo para conseguir el traslado vertical, y por fin el reconocimiento del piso del médico, basándose en la placa de la puerta. (...) En tina palabra, Sigma ha de conocer muchas reglas que hacen que a una forma determinada corresponda una determinada función, o a ciertos signos gráficos, ciertas entidades, para poder al fin acercarse al médico.





