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martes, 28 de febrero de 2012

Trabajo para la etapa de diagnóstico

Actividades 1- Leer el texto “El concepto de literatura” 2- Subrayar las ideas más importantes. 3- Titular los párrafos. 4- Buscar el significado de las palabras desconocidas y anotar en la carpeta. 5- Explicar cuál es el problema que presenta el texto con respecto a la palabra literatura. ¿A qué se debe dicho problema? 6- En pocas palabras sintetizar las ideas sobre literatura que el texto presenta. 7- Recopilar los conceptos de literatura trabajados en años anteriores y unirlas con lo que el texto aporta. Redactar un texto final para plasmar todas las ideas. 8- Socializar todas las consignas. El concepto de literatura Qué es la literatura es una pregunta que atraviesa buena parte de la producción teórica y crítica de las últimas décadas, como así también el campo de la producción literaria. Tal es el caso de ciertos textos de ficción en los que es posible encontrar reflexiones sobre la literatura, como la novela Respiración artificial de Ricardo Piglia. Los reportajes a escritores también suelen ser una fuente metatextual interesante para observar diferentes posiciones frente a la pregunta por el concepto de literatura. La teoría literaria moderna, desde el formalismo ruso en adelante, ha conceptualizado esta pregunta como el problema de la especificidad literaria y ha dado diferentes respuestas que se podrían esquematizar de la siguiente manera: por un lado, se encuentran aquellas definiciones que buscan en la literatura algo esencial, un valor intrínseco, que perdura en el tiempo y que permite afirmar, por ejemplo, que determinado texto es una "bella obra literaria" o que es un clásico; otro tipo de definiciones caracterizarían a la literatura a partir de algunas "marcas" formales (estructurales, léxicas, temáticas, etc.) que darían cuenta de su especificidad. Esta discusión puede enriquecerse a partir de la introducción de otras perspectivas. Desde una mirada sociológica, interesa rescatar la noción de "institución literaria", en la que se incluyen distintas instituciones y actores que cumplen una función (fundamental) y que detentan un poder específico en el momento de definir qué es la literatura. La universidad, los editores, la crítica literaria académica y periodística, los suplementos culturales de los diarios y las revistas literarias son instituciones especializadas que cumplen una función central en las decisiones sobre qué es y qué no es literatura: incluyen y excluyen textos, realizan una tarea, en muchos casos, explícita o implícitamente valorativa y proponen también un modo de interpretar los textos. Se dice que es literatura: 1. Se comprende bajo el nombre de "literatura" la reunión de obras en prosa y verso. Esta palabra significaba primitivamente el alfabeto y el arte de dibujar las letras. Se aplicó también a la gramática propiamente dicha y después a los conocimientos literarios en general. Finalmente, y por excelencia, a las obras literarias de las que debe honrarse una nación. 2. Obra literaria es una ordenada serie de pensamientos, expresados por medio del lenguaje, y dirigida a un fin, que en último resultado nunca debe ser otro que el bien de la especie humana. 3. La literatura se define esencialmente en términos de lo que alguna clase social y algunas instituciones (las escuelas, las universidades, los libros de texto, los críticos, etc.) llamen y decidan usar como literatura. 4. Literatura es todo lo que se lee como tal. En la problematización acerca de qué se considera que es o no es literatura se encuentra la clave de toda reflexión dentro del aula sobre la obra literaria: preguntarse por qué es literatura es ya una forma compleja de hablar sobre la literatura. Porque la misma pregunta dispara formas del decir sobre la literatura. Desde la concepción de los románticos sobre la literatura como "las bellas letras", pasando por las excepción o el desvío a la norma que sugieren los formalistas rusos, hasta la visión del estructuralismo que la percibe como un decálogo de funciones; todas son discusiones que, en definitiva, denuncian que no hay una sola definición de qué es la literatura. Como afirma el crítico inglés Terry Eagleton: "Cualquier cosa puede ser literatura, y cualquier cosa que inalterable e incuestionablemente se considera literatura -Shakespeare, pongamos por caso- puede dejar de ser literatura" . Delimitadas por los gustos de cada época, los avatares del mercado, las disputas del campo intelectual y literario; la respuesta a la pregunta por qué es literatura fluctúa y produce una incertidumbre enriquecedora en la discusión de la clase. "Literatura" es un concepto polisémico, fuertemente dependiente de la Historia misma. Y es que, aunque comenzó como "instrucción" (el vocablo literatura es un derivado erudito del término latino "litteratura") y designaba el concomimiento en el arte de escribir, leer o erudición en general, ha variado y variará con el paso de los siglos y sus nuevos enfoques culturales. Pasando por la concepción renacentista de la literatura como ciencia en general, llegamos a la aplicación del término, en la segunda mitad del siglo XVIII, a una actividad específica del saber y a la producción resultante de ésta. A finales del mismo siglo, ya se asocia al conjunto de obras literarias de un país, pasando a hablarse de literatura francesa, inglesa, etc. Más adelante se la asocian nuevas acepciones que, en conjunto, no son más que criterios distintos de clasificación o de valoración del término: expresiones como literatura de terror, de evasión, de amor, literatura del siglo XVIII, literatura romántica, o, en sentido más bibliográfico, usos como "sobre el Barroco hay abundante literatura", o bien, por elipsis, se usa "literatura" en vez de "historia de la literatura". En la época positivista, la literatura se identificaba con cualquier texto, documento, impreso o manuscrito, de la índole que fuera. La polémica sobre la inclusión o no de la producción de carácter más didáctico en el concepto de literatura, depende de si se aplica o no el criterio de estética-arte que empezó a funcionar con la llegada del Romanticismo y su rico mundo interior. Hoy sigue sin ser unívoco, utilizándose cualquiera de sus variadas acepciones según el criterio escogido. Intentando buscar una definición lo más objetiva posible, que de algún modo incluya todas las acepciones posibles, buscaré refugio en la Lingüística. Al fin y al cabo, lengua y literatura son inseparables. Así, se puede considerar la literatura como una forma artística de comunicación, mediante la cual un autor expresa ideas y/o sentimientos con una finalidad concreta que depende de su intencionalidad. Es una forma de comunicación en tanto que precisa de los elementos ordinarios de toda comunicación (emisor, receptor, canal, contexto, código y mensaje), y es artística porque es creativa. De esta forma, dotando a la lengua de esta cualidad artística, se puede ampliar enormemente el espectro de posibilidades lingüísticas. Definir literatura, debe pues, a mi modo de ver, realizarse en función de su doble naturaleza comunicativa y artística, que, a diferencia de la meramente comunicativa, la dota de una serie de nuevas cualidades que la distinguen y, en consecuencia, definen: Connotación. La literatura es fuertemente connotativa, es decir, se basa en reglas del mundo real, pero sin denotarlo. El verbo en literatura no se agota intelectualmente, ampliándose, connotándose por emociones o sentimientos del autor. Ambigüedad. Aunque el término puede sonar un tanto despectivo a los amantes de la literatura, cuando William Empson lo utilizó para definirla, se refería a ambigüedad en sentido de oposición a la literalidad. Plurisignificación. Sin duda, el término que mejor define la literatura es el introducido por Philip Wheelwright, para resaltar las múltiples dimensiones semánticas que encierra la literatura, en contra del discurso lógico, político, etc, que son monosignificativos. La literatura, consiste pues, en una potenciación de los valores semánticos de los signos lingüísticos que componen una lengua. La literatura nace de estos valores materiales (literales) de los signos lingüísticos, lo que sucede es que luego, signos con valores literales potencialmente distintos, se combinan para formar un nuevo valor que trasciende la literalidad de conjunto, "creándose" una realidad nueva, una semántica nueva que en realidad viene a ser el fundamento del concepto de arte. Es un lenguaje usual que origina un lenguaje literario a través de la acción de ciertas fórmulas que se han dado en llamar figuras o recursos estilísticos(símbolos, metáforas, inversiones, paralelismos, repeticiones, etc). 9- Leer “La importancia de la literatura” 10- Justificar el tipo de texto, marcar la estructura y los recursos. 11- ¿Sobre qué nos trata de convencer el texto? 12- Anotar de manera sintética todos los argumentos del texto. Tomar dos o tres de ellos y justificar si estás de acuerdo o no con lo que se manifiesta. 13- Redactar tu experiencia lectora con los libros y la literatura. Para ello tener en cuenta: primer acercamiento a los libros y la lectura, tipos de lectura que realizaron y aun realizan, preferencias lectoras, importancia de la lectura en sus vidas, cantidad de libros leídos, especificar si fueron por motivación propia, recomendación, obligación, etc. 14- Socializar las consignas. Importancia de la literatura ¿Qué es la literatura? Una manera de ver, sentir, captar y disponer palabras a fines estéticos. El escritor que plasma ideas usa vocablos, se sitúa en un espacio y un tiempo, habla de sí y de los demás, consciente e inconscientemente. Pertenece a una cultura cuyos elementos expone a un lector cercano o distante. Estudiar literatura puede ser una oportunidad para enseñar historia, geografía, ideas, maneras de entender el mundo y sobre todo modos correctísimos, útiles, a la hora de formular sentires y pensamientos. ¿Qué es la literatura ? Antony Burgess la define como « la exploración estética de la palabra ». Y, ¿para qué sirve? Para nada dicen los más atrevidos. Los literatos dan respuestas divergentes. La literatura puede servir parar enseñar idiomas. En sus ensayos, sus relatos, sus poemas, la literatura habla de antropología, sicología, historia...,etc. Más allá de las preferencias, hay algo concreto:la literatura es importante a lo largo de la vida. Tiene importancia en el desarrollo del niño, en la adolescencia, en la adultez y en la vejez. Los especialistas no dudan en enumerar diversos motivos que certifican esta cuestión. La literatura nos propone textos varios que nos dan una idea de las creencias, las sensibilidades de los distintos pueblos que constituyeron y siguen constituyendo lo que hoy se llama América Latina. Pocos se animarían a afirmar que la literatura no tiene importancia en el desarrollo de las personas o de la sociedad en general. Sin embargo, la realidad muestra que la lectura es una actividad relegada a la hora del ocio, al menos para una gran cantidad de gente. La televisión o los videojuegos, por ejemplo, pueden resultar más atractivos. Lo primero que hay que tener en cuenta es que la lectura es un hábito. Por lo tanto, se trata de un aprendizaje que se incorpora a nuestro comportamiento. De allí la necesidad de acercar la literatura a los estudiantes, primero leyéndoles y luego acercándoles sus primeros libros para que puedan leer por su cuenta. La literatura puede ser divertida, y eso es lo que tiene que saber un adolescente. La imaginación es ilimitada y abre la puerta a un mundo de juegos y fantasías. En la adolescencia, la literatura mantiene su valor. No hay que olvidar que los libros son la memoria de la humanidad y el archivo más grande que existe de las ideas y emociones humanas. Por eso, la literatura es imprescindible para la maduración personal e intelectual de los jóvenes. En esta etapa de la vida, es cuando se consolida el hábito lector y donde las personas comienzan a desarrollar el sentido crítico. Los textos permiten conocer otras formas de pensar, en un proceso dialéctico que termina por forjar la propia identidad del joven. Los adultos y los ancianos tampoco deben descartar a la literatura. Aunque no se trata de algo utilitario, la literatura nunca deja de ser productiva. Genera conocimientos y promueve la reflexión, logrando que uno se piense a sí mismo y se plantee su relación con los demás. Ahora bien, para que la literatura sea realmente importante es necesario hablar del libro. El libro se presenta en primera instancia como un portal a la sabiduría, pero lo más importante, citando a Eliseo Verón*, “como modalidad de relación mediatizada con el mundo (…) El libro es ante todo un lugar, un espacio en el que se puede entrar y salir”. Sabiduría, sí, pero también relajación, goce y estimulación de la creatividad Los textos literarios pueden resultar algo tedioso, pero también enriquecedores, y si bien requieren de un ritual especifico, como una mayor concentración de todas las facultades cognitivas (aunque sea forzadas), también puede resultar agradables si disponemos de lo necesario para hacer de la lectura un momento de disfrute. En la mayoría de los casos, el silencio es el mejor acompañante, pero existen quienes se concentran mejor acompañados de música, café, tabaco, otros lectores, etc Desde que desapareció la oralización que permitía la lectura en voz alta y se generalizó la lectura en silencio con los ojos, ésta se transformó irreversiblemente en un proceso individual de apropiación del sentido. Recordando un texto, trayendo a la mente el libro que tuvo una vez entre las manos, el lector puede convertirse en libro del que tanto él como otros pueden leer. Este atributo de la lectura, que permite al lector relacionarse con un texto no sólo gracias a la lectura atenta de sus palabras sino gracias a su asimilación, hasta convertirlas en parte de sí mismo, no siempre fue considerado una ventaja. De hecho, la lectura privada llegó a establecerse en tiempos de Aristóteles, quien reunió para su uso personal una de las primeras colecciones importantes de manuscritos, pero la lectura en silencio se generalizó en el siglo XV junto al nacimiento de la imprenta de caracteres móviles. En el siglo V San Agustín se sorprende de que Ambrosio, obispo de Milán, lea en silencio (o en voz muy baja, según otras traducciones) en una época en que lo corriente era la lectura en voz alta. Luego sugirió una nueva manera de leer: tomar una idea, una frase, una imagen, enlazándola con otra sacada de un texto distinto retenido en la memoria, ligando el todo con reflexiones propias, para producir así, de hecho, un nuevo texto cuyo autor es el lector. Muchos siglos después Santo Tomás de Aquino elabora una serie de reglas para los lectores: colocar las cosas que se quería recordar en un orden determinado, desarrollar “afecto” hacia ellas, transformarlas en “semejanzas inusuales” que facilitaran su visualización y repetirlas con frecuencia. Para los antepasados el temor a perder un texto memorizado estaba únicamente ligado al deterioro de la edad. Esto me trae a la mente la obra Farenheit 451 de Ray Bradbury, que muestra una sociedad donde los libros están prohibidos y son quemados, mientras los rebeldes, para salvar aquel acervo de conocimiento y arte, memorizan las obras. Los rituales de lectura ayudan a la concentración y a la memoria, pues la asociación de un momento placentero con el ingreso de nuevos datos da resultados positivos. Pero cuando llega la hora de la ficción, la imaginación del lector se pone en marcha para darle colores, aromas y emociones a las palabras ajenas grabadas en el papel. Nada mejor que una relajante tarde de primavera con un libro en las manos, sentado frente al mar o en un parque. O un día frío de lluvia, relajado en casa junto a una taza de café y compañía imaginaria. Aquí, los sentidos se estimulan y entra en funcionamiento la capacidad creativa de cada lector para darle a libro vida visible sólo antes los ojos de la mente y el corazón. La magia de un libro radica en su carácter desestructurante, es decir, uno puede elegir libremente donde entrar y cuánto salir, y es en el reconocimiento donde el lector produce la individuación del sentido. Un buen ejemplo son lasmarcas de lectura, los subrayados y anotaciones. La lectura de los libros interviene en la biografía de cada uno y esto se aplica tanto en los libros de conocimiento como de literatura. El recuerdo de las lecturas es como el álbum de fotos de familia, salvo que no constituye una memoria familiar sino estrictamente individual. Existe un ejercicio común que puede resultar entretenido: coger un libro que uno haya leído hace un tiempo y ver las marcas personales, una frase, una oración, un párrafo resaltado. Esto nos dice mucho sobre nosotros mismo, qué sucedía en nuestras mentes y en nuestros corazones para haber destacado aquel fragmento escrito. Si el mismo libro es releído mucho tiempo después, uno se sorprende de resaltar otros fragmentos, pues la lectura y apropiación de sentido está íntimamente ligado con nuestro presente. Así vemos como un texto invita a múltiples lecturas. Si el libro aún sobrevive en esta era tecnológica es porque tiene una particular importancia, y es que la lectura, irremediablemente, es una aventura individual. Entonces, libro, lectura y literatura son elementos necesarios a la hora de desarrollarnos como personas críticas, íntegras y plenas en sabiduría y conceptos. Es necesario, que no dejemos de lado la lectura y la literatura para que de esta manera podamos tener en nuestras manos todas las herramientas necesarias a la hora de enfrentar las adversidades de la sociedad de manera pacífica. Solo así, comenzaremos a construir un mundo mejor.

lunes, 14 de marzo de 2011

Textos a Trabajar en clases

Alumnos de 4º año "A" y "B" de la UEP Nº 28 aquí están los textos que vamos atrabajar en el diagnóstico.


Ideas sobre la literatura
por Ángel Zapata*
En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista, y dotada —desde los dispositivos de la Institución literaria— con ese “aura” de excelencia que tiene la función de un valor añadido dentro de los circuitos de intercambio
A esta situación responde la bagatela conformista que hace furor en los últimos años (esa literatura insulsa, apática, escrita por buenos chicos, complaciente con todo y con todos: una literatura sin esperanza). Pero también desde aquí cabe abogar a partir de ahora no exactamente por una literatura del afuera, como por la escritura misma en tanto afuera de la literatura. Es decir: una escritura que la Institución literaria tenga que expulsar de sí, igual que el organismo expulsa un cuerpo extraño.
Lowry perseguía la iluminación
Proust, la rama dorada del tiempo. Dostoievsky consumió su vida en la defensa militante de una quimera absurda a la que él denominaba “el Cristo ruso”... El Grial que persiguen los escritores de hoy puede nombrarse con sólo dos palabras: fama y dinero. Su deseo es un deseo cutre, de tonadillera o de paleto; y da la medida exacta de la riqueza y la profundidad de su experiencia, como también —sobra decirlo— de su lamentable catadura moral. Hoy la nómina de los escritores está compuesta mayoritariamente —y a partes iguales— por imbéciles y por canallas, sin que haya que excluir en absoluto que estas dos notas definitorias puedan darse a la vez en un mismo sujeto.
La literatura, en sus momentos más afortunados, era un campo de expresión y de conocimiento de lo humano, así como una exploración de sus posibilidades y de sus modos de experiencia inéditos. Para que esto pueda ser así, obviamente, resulta imprescindible que haya una sociedad que lo necesite y lo reclame… Y estaría de más recordar que el capitalismo de guerra funciona precisamente sobre el trasfondo de la represión sistemática y el “docto” desconocimiento de lo humano (consumados por el discurso de la ciencia y la invasión totalitaria de los dispositivos de la “comunicación”), como también sobre el cierre programado de cualquier horizonte de posibilidad, y el control y la monitorización crecientes de las formas de la experiencia. A fecha de hoy, pues, este panorama de pesadilla orweliana se traduce en un estado de narcosis generalizada (apuntalado sobre lo que la psiquiatría de Janet denominaba un “descenso del nivel mental”); con lo cual todo llamamiento a la responsabilidad y la transformación por parte de la conciencia artística no puede sino hundirse en ese territorio profundamente gelatinoso de la opacidad social. Esta sociedad, en suma, no es sólo que no necesite ni reclame el núcleo excesivo —pasional, crítico y/o utópico— que ciertaliteratura vehiculaba en el pasado, sino que se defiende positivamente de él, a través de la represión (en todos sus modos), la asimilación (cuando le es posible), la producción y difusión masiva de falsificaciones y sucedáneos, la indiferencia y el silencio.
El divorcio entre escritura y sensibilidad, escritura y experiencia, escritura y saber ha alcanzado tal grado de acuidad, que cuando los autores de hoy intentan escapar a la rúbrica del “entretenimiento” ponen en boca de sus narradores el tipo de sutilezas filosóficas que se puede leer/escuchar en los artículos de los dominicales, los programas de radio de medianoche, los magazines de divulgación científica o los telefilmes de corte dramático. Ahora bien: denunciar esto es perfectamente inútil, puesto que no se trata tanto de que la Institución literaria no lo sepa como de que no lo quiere saber, o —lo que es lo mismo— de que es precisamente la legitimación a gran escala de esta impostura lo que avala su status de privilegio en la trama de la dominación.
La estrategia más frecuente entre los intelectuales colaboracionistas consiste hoy en un mecanismo de defensa que Zizek, tras las huellas de Lacan, ha llamado “atenuación”. Se explica muy sencillamente: la atenuación se basa en constatar un hecho de la realidad, y acto seguido disociar esta misma constatación de cualquier posible consecuencia en el plano de la conducta práctica. Su fórmula sería: “Sé perfectamente que esto es así… (pero me sigo comportando del mismo modo que si no lo supiera en absoluto)”. Ni que decir tiene que no hay que apresurarse a asimilar la atenuación a las prolijas justificaciones del cobarde o al intrincado fariseísmo del trepa. La atenuación no se sitúa exactamente en el plano de la labilidad moral. Su dimensión propia es aún más profunda, pues con ella, con el acto de disociación que la funda —y en el que se evaden la culpa subjetiva y el displacer de la contradicción—, es el propio sujeto lo que resulta disociado, son en realidad áreas enteras de percepción y sensibilidad las que terminan secuestradas, devastadas, por esta forma tan contemporánea de la conciencia sierva.
Es la atenuación la que hace posible que en los últimos tiempos estemos escuchando a los escritores “de éxito” hablar contra la mercantilización de la literatura, o viendo cómo algunos escritores que se reclaman “de izquierdas” firman contratos —sin que se les mueva un músculo de la cara— con los más reputados “padrinos” del medio, o con las más voraces y destructoras multinacionales de la edición. Por efecto de la atenuación, la necesidad de ser consecuente se olvida, se forcluye; un corte, un hiato se desliza entre mi saber, por una parte, y mi coherencia y mi responsabilidad como sujeto por otra… con lo que quedo convertido —irremisiblemente— en rehén del Amo que desea por mí, en objeto entregado al deseo del Otro. Los traidores, los lacayos, los vendidos de siempre, son figuras casi entrañables puestos al lado de esta nueva inconsecuencia abismal, de esta denegación de todo efecto vinculado a lo Simbólico, de esta anulación/extinción de sí que tiene un pie hundido en el cinismo, y el otro pie en las puertas de la psicosis.
Eso que amo apasionadamente en la literatura (es decir: lo que en la práctica institucionalizada de la escritura aún conseguía sobrevivir —contra viento y marea— de la poesía y del mito), ni tiene modo de alojarse ya en los recientes productos editoriales, ni puede articularse —de no ser como estorbo y anomalía— con las nuevas condiciones de producción y reproducción de lo social. La literatura nació con el ascenso de la burguesía y morirá con ella, ahogada en una misma espiral de agotamiento, banalidad, zafiedad, delirio narcisista, indecencia y mentira.
La literatura, pues, se realiza hoy abiertamente como una instancia más del beneficio (y se dedica a apuntalar con todos los recursos a su alcance la preeminencia mítica del capital); con lo cual es este mismo cumplimiento de su proyecto histórico —el advenimiento de su verdad última—, lo que vuelve a dejar en franquía su núcleo “traumático”, excesivo, a-histórico (aquello que en la obra literaria era siempre más y otra cosa que “literatura”)… a condición de que la poesía y el mito no intenten realojarse en los salones de una casa en ruinas, a condición de que acierten a dotarse, por si mismos, de nuevos territorios y nuevas vías de realización
La poesía y el mito, en cambio, son —mucho más allá de lo que nombraría la palabra “actividades”— modos de lo humano. La práctica consolidada por la burguesía del siglo XVII bajo el nombre de “Bellas Letras”, “Literatura”, etc., era ya una acomodación de la fecundidad poética y mítica (de la relación esencial de esta misma espontaneidad con el desbordamiento y el gasto) a las condiciones de producción intensiva, reglada, sometida a control, económica y acumulativa que el capitalismo en auge empezaba a proyectar sobre el conjunto de la existencia social. De ahí que a medio plazo comportara —bajo el nombre de “realismo”— la promoción al rango de paradigma de las formas de percepción y representación del mundo de los nuevos amos o, dicho de otra manera: una idealización de la sensibilidad que distingue a los funcionarios de abastos, los dentistas y los tenderos. Esto hace que la muerte de laliteratura —a la que estamos asistiendo en los últimos años— no sea sino el advenimiento final de un origen, la realización de una latencia; y tenga mucho menos de “traición” o “fracaso” que de consumación de un proyecto, a saber: el de la transformación de la poesía y el mito en un dispositivo de producción (asistido por las “técnicas” que le son propias), el de la expropiación de lo humano en cualquiera de sus formas de surgimiento, para su conversión en beneficio.





FICCIÓN – REALIDAD
¿Categorías antagónicas?

En reiteradas ocasiones nos hemos encontrado con una negación que le quita registros a la ficción, negación, que por otra parte, no hace más que confundir ciertos términos e intenta sostener, tal vez inocentemente, un espacio preconstruido, estandarizado y señalizado de posibilidades.
Lo llamativo de esta negación es que proviene del conocimiento casual o la ignorancia planificada de la misma literatura, del mismo lenguaje, y se reproduce una y otra vez, sin que se noten demasiados cuestionamientos.
No demos más rodeos. A la ficción se la asocia, invariablemente, con la mentira, se le niega la posibilidad de verdad.
Esto en sí mismo no es ni bueno ni malo, ni vulgar ni académico. El problema reside en que se le asigna un espacio ético y moral, se la descalifica en oposición con la realidad, la existencia, los verdadero, el mundo.
Lo ficticio es por definición falso; la realidad, verdadera y efectiva.
Se ubica a estos términos como contrincantes que luchan por nuestra adhesión, nuestra aprehensión, o tal vez, más lejos, nuestros horizontes. Sólo que existe un problema, o bien, la ficción forma parte de la realidad, o bien, la realidad forma parte de la ficción, o bien, conviven, o bien, se fusionan en esto que convenimos en llamar mundo, universo, existencia.
Si nos remitimos al origen etimológico de algunas de las palabras asociadas al cuadro ficción- realidad y los componentes que de esta oposición se desprenden, podríamos notar algunos detalles que no siempre son tenidos en cuenta.
El concepto "real" o "realidad" no se desprende (dado el significado asignado a estos términos en nuestro idioma: existencia verdadera y efectiva), directamente, como lo señala la Real Academia Española, de su forma morfológica latina más cercana: "res-rei" (acto, hecho, realidad concreta; hoy su traducción más difundida es hecho, cosa), sino que extrañamente se vincula al significado de realidad que posee la palabra latina: "veritas- veritatis" (verdad, rectitud, justicia). De aquí queda suponer que en nuestra búsqueda de realidad encontraremos verdad y justicia, como si la mentira y la injusticia, debiesen quedar fuera de nuestra esfera de lo real. A lo que podemos argüir que tienen existencia verdadera y comprobable día tras día. Se oponen a la verdad, pero existen y actúan en el mundo verdadero, por lo tanto, siguiendo el mismo concepto de existencia verdadera y efectiva, pertenecen al mundo real.
Existir es aparecer, originarse, mostrarse, presentarse, manifestarse.
Toda ficción, toda mentira, toda verdad, toda realidad, aparece, se muestra, por lo tanto existe. Su aparición es verdadera, es conforme al entendimiento, hablamos, caro está, de nuestro entendimiento, conforme a una época, una geografía, un imaginario, una ideología, determinada; de esta manera esta aparición o manifestación ingresa al campo de lo real.
Fingir es inventar, dar forma, moldear, concebir, representar, crear; el producto de esta acción: la ficción, es simplemente una creación, una formación, una suposición, una hipótesis, que como tal se presenta (tiene existencia), es real.
Oponer ficción a realidad, ficción a verdad, es pensar en dicotomías inasociables, obviar que los opuestos se encuentran basados en una misma amalgama, en donde resulta impensable su separación, sin que se produzca, en ese camino, la negación de los constitutivos de amabas partes, o de una de ellas, cosa que para el caso, resultaría lo mismo, una falacia.
Para separarlos y oponerlos debemos negar en uno de ellos sus componentes y, preocupados por la existencia verdadera que lleva a la realidad, estaríamos cayendo en una falta, en una mentira, alejándonos de la realidad y, también, de la ficción.
Oponer el concepto de ficción al de realidad, es caer en el mismo error que suponer la ficción cono sinónimo de mentira, a pesar de que esta sinonimia sea aceptada y difundida por la Real Academia Española.
Verdad y mentira aportan connotaciones morales, éticas, muy distantes y distintas de lo que se describe como real o ficticio.
Así como la realidad incluye en su seno las categorizaciones de verdadero y falso (dado que ambas tienen existencia verdadera conforme al entendimiento), de la misma manera la ficción puede ser comprendida, presentarse, manifestarse como acto independientemente de la veracidad o falsedad que la misma conlleve.
Tratemos de repensar estas relaciones, tratemos de evitar la negación como vehículo para llegar a la oposición forzada, en un afán , muy occidental, por inclinar la balanza de la dicotomía hacia uno de los lados.
Ficción y realidad no son un mismo concepto, pero tampoco se oponen , y su diferenciación no debería basarse en una categoría moral, que poco tiene que ver con cualquiera de las dos construcciones.
La realidad tiene la existencia que nuestro entendimiento y nuestra experiencia pueden otorgarle.
La ficción tiene la existencia que nuestro entendimiento y nuestra imaginación pueden otorgarle.
La fragua en la que ambas nacen es la misma, la sutil diferencia está en nuestra percepción, en nuestra predisposición para aceptar o rechazar en nuestro campo de realidad ciertas cosas, en nuestras posibilidades de formular hipótesis o comprobar hechos, en nuestra actitud frente a lo que se nos presenta como existente; para no ir más lejos, en nuestra palabra, en la intervención del lenguaje, en nuestra capacidad para aprehender el mundo.
La percepción condiciona nuestra aprehensión del universo, nuestros sentidos perciben objetos, sonidos, palabras. Si coincidimos en sostener que el sustento o el basamento de la ficción es el lenguaje, su relación con la verdad, la mentira y la realidad es la misma que puede tener el diálogo que hemos mantenido con un vecino, es la misma que tiene una noticia leída en un periódico o un capítulo de un libro de historia.
De no aceptar esto, deberíamos plantearnos y esclarecer cuáles son las diferencias sustanciales, en cuanto a su composición, entre los párrafos de una noticia, un texto científico y eso, que se ha convenido en llamar ficción.
En ningún caso vemos hechos, no tenemos frente a nuestros ojos objetos tangibles, sólo palabras.
Entonces, ¿cómo resulta que unas necesariamente han de pertenecer al mundo real y verdadero y otras, con iguales características y funciones, al mundo ideal y falso?
¿Qué nos lleva a creer que unas palabras mienten y otras dicen la verdad?
Sólo una convención, que ha sido establecida con un fin, tal vez, el de resguardar una parte del mundo, el de aligerar nuestra percepción, o , simplemente, el de darnos seguridad ante el río de mentiras que se despeña por las palabras. Porque las palabras no aceptan valoraciones morales, siempre fingen, dan forma, componen, representan, hacen y están en lugar de otra cosa.
Nuestra mente es la que valora, piensa, imagina, y lo hace con palabras; así nuestra realidad es tan ficticia, nuestra ficción es tan real; como nos sea posible percibirla, hacerla, sospecharla, descubrirla o concebirla.
La verdad y la mentira quedan atrás, quedan en nosotros.


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